(Fragmentos)
“Siduri, la del cabaret, habitaba cerca del mar inaccesible”
(Poema de Gilgamesh)
“Oh, gran cuadrado sin forma,
Oh, gran vaso inconcluso”.
(Lao-Tsé)
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino
como otras tantas tardes. La tristeza,
la tristeza de muchas cosas muertas
perdidas o no sidas, me acompaña.
Niebla, niebla.
La sombra baja lenta como un río;
su invasión me atenaza.
Ni música de jazz se oye a lo lejos
y un silencio infinito me circunda.
Da lo mismo.
Las horas que han pasado no me importan,
no me importan las horas ni los días,
los días que han pasado, ni los años.
Da lo mismo.
Niebla, niebla.
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino.
Como otras tantas tardes, la tristeza,
la tristeza me mira dulcemente
con su clara mirada, como tantas
otras tardes
… Como otras tantas tardes, una sala,
una gran sala ausente donde habían
mujeres que llevaban en el pelo
las flores amarillas.
Como otras tantas tardes de silencio,
un silencio infinito me circunda.
La tristeza me mira; es un sonido.
Sí, la cortina suena. No es el aire,
el aire no la empuja, es la tristeza,
la tristeza como otras tantas tardes.
Recuerdo aquella sala rodeada
de pálidas cortinas. Ella siempre
vivía entre la niebla, entre la niebla.
Da lo mismo.
… Niebla, niebla.
No sé qué me sucede; es un recuerdo.
Recuerdo las palabras del poema:
Siduri; la del cabaret, vivía
Susana, no Siduri. Sí, Susana,
cerca del mar inaccesible y puro.
Da lo mismo Siduri que Susana,
Caldea que Cartago o Barcelona,
las islas del Pacífico o Long Island,
que china; hay una sala abandonada.
… La sala; sí, la sala. Las mujeres
las pobres entregadas a las fiestas
más tristes de la tierra; las mujeres.
Como otras tantas tardes, la tristeza,
como otras tantas tardes, un recuerdo.
Un recuerdo de amor, constantemente,
constantemente asido a mi memoria.
La imagen repetida del cabello,
la luz de las estrellas en sus muslos,
la luz de las miradas, el silencio
debajo de su voz grave y lejana.
Da lo mismo.
Susana sonreía. Niebla, niebla.
Susana en el cristal del horizonte,
Susana en la gran sala abandonada,
Susana con sus flores amarillas,
sonreía.
Ni música ni jazz se oye a lo lejos.
Como otras tantas tardes, un silencio,
un silencio infinito me circunda.
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino.
… Da lo mismo;
lo mismo da el temblor que se separa,
la incierta condición de lo querido,
la luz del sufrimiento, la distancia
hasta la cosa muda,
hasta la sala grande que recuerdo.
… Lo mismo da la niebla que sus ojos,
que sus ojos de sombra y cautiverio,
lo mismo da el amor que la cortina.
Se llamaba Susana.
Lo mismo da la niebla que el recuerdo.
Susana, sí. Susana.
Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino.
Aquí estoy, en un bar, como la niebla,
recordando; volviendo sobre el mundo,
cayendo entre los muebles de la sala,
de la sala de niebla y de caricias,
de la sala, lo mismo, da lo mismo,
como otras tantas tardes. Niebla, niebla.
Como otras tantas tardes sin Susana,
con Susana a lo lejos. La cortina,
la cortina se mueve. La cortina,
la cortina se mueve dulcemente
como otras tantas tardes. La tristeza,
la tristeza de muchas cosas muertas,
perdidas o no sidas, da lo mismo.
Ni música de jazz; sólo el silencio.
Susana se llamaba; ya de niña
sabía su desgracia. La cortina.
Se llamaba Susana por la tarde,
se llamaba Susana al mediodía,
se llamaba Susana por la noche.
Susana se llamaba sobre el alba.
Y la cortina suena. Niebla, niebla.
La sombra baja lenta, como un río;
su invasión me atenaza. No me importan
las horas, ni los años, ni los días;
los días que no pasan con Susana
Da lo mismo.
Niebla, niebla.
La tristeza me mira. Es un sonido,
un sonido de muerte o de cortina.
En efecto;
la cortina, a mi lado, en la ventana
como otras tantas tardes, leve oscila.
Da lo mismo.
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