Llegué al zócalo casi encuerado por miedo a que me robaran la ropa. Como el exhibicionista de cualquier colonia, llevaba por prenda una gabardina. El frío hizo en parte su parte con lo que gané muecas y soslayos.
Primero imaginé a mi alrededor infinitas sirenas, para caer en la cuenta de que eran manatíes; dudé de los informes acerca su extinción. Pero no me amedrenté y me interné en la plancha húmeda, recién lustrada para recibir por beso, a un ejército de ángeles que gustan de la comida corrida. En un punto de las indicaciones nos pidieron que nos acostáramos. Yo más tranquilo comencé a observar, me volví fotógrafo sin cámara de las reacciones de los otros, algunos con rostro marcial pensaban supuse, en la afrenta, los cosquilleos y alaridos que esta su terapia del desnudo, acarrearía a amigos y enemigos. Como soy más mirón que sociólogo, regresé a lo mío, hermanado y untado como paté a ese inmenso adoquín volví a mirar, para un lado, para el otro. Asombrado descubrí que entre los muslos del de a lado se desplazaba presurosa una pequeña cucaracha, que al parecer no se enteró de la convocatoria, inquieta trataba de salvarse de algún cuerpo distraído que diera al traste con su vida. Seguí en el arte y olvidé el incidente.
Las bromas, las indiscreciones fueron el hilo que hilvanaba las indicaciones del artista. -“Coloquense en la posición c.”
Puestos así, con sobrado nerviosismo, el bullicio y el silencio se alternaban como una plegaria que se alzaba para expulsar el momento, inermes soñábamos con otro mandato que nos salvara de la mirada focal y centrada del juez tuerto, del inquisidor de todos los vientos, de esa estrella que implota, que informa que ahí donde la luz se absorbe, no hay edad, ni mañana, ni rasgo que nos signifique; en esa posición somos la nada más nada, simples fichas de dominó sobre esta explanada de la indiferenciación.
Bueno, eso creía, porque mirón como soy, descubrí para mi sorpresa que justo enfrente de mi se encontraba un alma, un cuerpo significado que se negaba a fundirse en este terráqueo de conchas. ¿Que cómo operó el milagro? Pues como suelen darse los milagros. Fue un simple acto de magia. Como un trozo de noche de entre las sábanas plegadas del unicornio, que me tocó en la pose domesticar, se asomó, risueña e indiscreta la humilde cucaracha, que había, descubrí hasta entonces, salvado su cascaroso pellejo, en un acto de malabarismo, que para mi significaba, el descubrimiento de un cuerpo único, que se negó a fundirse en esa masa indiferenciada en la que yo estaba, el verdadero cuerpo rebelde y bondadoso entre tantos cuerpos rebeldes, el cuerpo casa, refugio de ese ano con patas, que presuroso saltó, para perderse ahora sí, en el resquicio de una tapia.
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